¿A
caso lo has amado?
Recuerdo
el día que te conocí como si hubiera sido hace unas horas, siempre tan
reluciente, tan popular, tan bonita, te veías tan amable.
Me costó trabajo aceptar la que realmente eras: una manipuladora, falsa, hipócrita y con una suerte digna de sorprender; aunque finalmente mi mejor amiga.
Me costó trabajo aceptar la que realmente eras: una manipuladora, falsa, hipócrita y con una suerte digna de sorprender; aunque finalmente mi mejor amiga.
—Él
es mío –dijo posesivamente.
—¿Dónde
dice? No te puedes adueñar de él sólo porque se te da la gana.
La
pelea fue inevitable. Su capricho contra mi
razón. El tiempo en que pude hablar con el chico descubrí la gran
persona que era, algo que ella no se merecía. Ya había manipulado a muchos y
muchas, quizás hasta a mí pero si alguien no le ponía un alto ¿quién lo haría? La
fuerza divina o fuerza de la vida no ayudarían, lo sabía.
Hablé
con él y no me hizo caso, creía que ella lo amaba. Sabía que no, el amor se
corresponde no se cree.
Mi
papel era el de intermediaria, no del bien ni del mal pero apegado a lo
correcto. No deseaba que una persona más sufriera a causa de mi amiga.
—Entiéndelo,
ella no te ama –quise hacerlo entrar en cordura.
—Yo
quiero estar con ella.
Ante
mi fracaso me alejé de ella y de su relación, no tenía ningún caso pretender
que estaba contenta mientras observaba la destrucción que causaba.
Un
miércoles por la tarde, ese día en el que acostumbraba a tomar café cargado y
leer un artículo de interés en internet o algún libro recibí una desesperada
llamada paradoja a mi tranquilidad.
—¡Tuvimos
un accidente! –gritó con desesperación.
Casi
tiré el café con tal de salir corriendo al hospital que a tartamudeos me supo
decir.
Las
cosas no fueron leves, él perdió la vida y a ella la carcomía el sentimiento de
culpabilidad. Se ahogaba en sus propias lágrimas.
Me
explicó entre sollozos que el perdió el control mientras discutían con fervor,
hasta ese momento comenzó a entender muchas cosas que antes no.
—¿Lo
amabas? –pregunté.
—No,
pero él... me trataba tan bien.
—Aun
te falta mucho por arrepentirte –concluí.
