¿Qué ves en mi?
Aquel
día que por vez primera nos encontramos accidentalmente me llamaste a ti, sin
una palabra, sin un ruido, con una simple mirada misteriosa ferviente por ser
descubierta.
El destino
nos hizo amigos, solías hacerme reír, ponerte celoso, darme los mejores
consejos, mismos factores que hicieron poco a poco naciera el amor, no faltó
demasiado para enamorarme de ti. Me sentí la más afortunada cuando perdiste que
fuera tu novia; imposibilitada para decir no.
Muchas
personas llegaron a preguntarme ¿Por qué é? ¿No crees que eres demasiado para
él? ¿Realmente te quiere igual? Al principio ignoraba toda esa clase de
preguntas hasta que el tiempo cambió su comportamiento, ya no solía ser el
chico tierno, amoroso y amable que era conmigo, yo sabía que no era por otra
mujer pero ante la clara obviedad su amor se acabó hacía mi, la inexistente
correspondencia de sentimiento o tal vez algo que nunca existió, me dolía tener
que hacer la prueba de fuego…
Pensé
que lo aguantaría, que mi necesidad por estar con el me mantendría pero no lo
soporté.
— ¿Qué ves en mi? –le pregunté
mientras mirábamos el firmamento de una manera monótona.
— ¿Eh? –respondió distraído.
— ¿Qué ves en mi? Cuando me miras,
¿qué piensas?
— Que eres una gran chica a la que
quiero mucho.
— ¿Quieres saber lo que yo pienso
de ti?
— Sí.
— Que eres el chico más maravilloso
que pude conocer, al que necesito, que por ti vi cosas que antes no veía en el
mundo, que me roba suspiros y que además amo, pero es demasiado bueno para ser
real, tu no me correspondes claramente.
— Eso es… perdón.
— Nunca encontrarás alguien como yo
–casi derramé una lágrima.
— Ni lo pretendo, pero, es que no
sé qué me sucedió.
— Yo sí, no me quieres, al menos no
como yo a ti.
— Claro que sí, acabo de decir…
— Que me quieres, yo te amo –me dolió
recordar.
— Perdona.
— Ya lo hice, ahora debo irme. Adiós
–comencé a andar.
— Espera –pidió desde atrás.
— ¿Sí? –volteé a verlo.
— Antes de que te marches… a pesar
de que no supe ser el chico que esperabas tu tienes una chispa especial, no la
desperdicies ni dejes que alguien te cambie.
— Justamente eso hago.
— Lamento haber…
— Adiós.
Hay muchas cosas que duelen y golpean el alma pero ese
dolor se acaba y si no terminamos con el se convierte en sufrimiento del que
jamás aprenderemos, ¿para qué sufrir? Los que no valoran lo que somos nunca lo
harán y es mejor un dolor por arrancar una ilusión que morir en vida con eterno
sufrimiento.
