sábado, 19 de noviembre de 2011

Horas proféticas [Capítulo III]

Horas Proféticas



[…] Después de eso le hablé a cerca de mí, sí, de mi súper interesante vida.
No creo que para ella eso haya sido tan bueno como lo fue para mí escucharla pero se veía que me prestaba atención.
Me parecía la chica perfecta para mi siguiente aventura, no sé si de amor o sólo para pasar un rato aunque estaba de acuerdo que aún era algo pronto para querer invitarla a salir o cosas así.
Quedamos de vernos dentro de dos días en la clase y le dije que esperaba verla en la escuela durante el receso.

En esos días volví a regresar a las carreras, el tipo anónimo regresó, compitió con otros colegas, es increíble que ganara de nuevo. Quise volver a correr con él y esta vez gané; todo mundo me elogiaba mientras aquél hombre misterioso se marchaba pero yo no me sentía satisfecho, no podía deducir si realmente  había ganado o me había dejado ganar, y supongo, seguiría siendo un misterio.
En la escuela…
-          Ese tipo ahora sí se me está haciendo muy raro, el hecho de que no muestre su rostro debe ser por algo –conciliaba Carlos.
-          Yo creo que no quiere mostrar su rostro porque pretende ser una leyenda –opinaba Servando.
-          No, ¿cómo ser una leyenda sin conocer su rostro?
-          Precisamente, eso conserva la controversia.
-          Yo no sé cómo le haré pero veré su rostro –afirmé antes de que Servando contestara.
Ese día nuevamente me tocaba mi clase extra con Sarime, en esos momentos quería dos cosas; verla de nuevo y ver la cara del tipo anónimo de las carreras.
-          Hola, ¿cómo estás? –me saludó al sentarme a lado de ella, al parecer aún era temprano.
-          Hola, estoy bien ¿y tú?
-          Muy bien, espero ya podamos empezar con el proyecto, así que te invito a mi casa hoy o mañana, ya tengo algunas ideas.
-          ¿Hoy? –no podía perderme las carreras –No puedo, mejor mañana.
-          Me parece perfecto no te preocupes. Imagino tienes cosas que hacer en la noche…
-          ¿Cómo supiste?
-          Se me dan las adivinanzas.
-          Oh, ya veo, pues me gustan las carreras y en la noche en este sector hay arrancones, no lo puedo ocultar, me gustan mucho los carros.
-          Sí, sabía de esas carreras.
-          ¿De verdad? Me sorprende, sólo saben los jóvenes de por aquí que llevan mucho tiempo de vivir en el sector, ah sí, también un anónimo.
-          Me gustaría asistir pero aún no, creo que debo dejar que pase más tiempo para ir conociendo a la gente de por aquí.
-          Algún día podrías venir conmigo.
-          ¿Eres bueno?
-          Oh sí.
Pasamos la clase dando ideas acerca del proyecto, me daba tanta flojera pero necesitaba la calificación así que me tenía que aguantar. Ella me pasó su dirección –muy cerca de la escuela cabe mencionar –a donde iría mañana precisamente a hablar del proyecto y conocernos mejor.

Esa noche pasaron dos cosas realmente extrañas, en las carreras el tipo anónimo quiso competir con todos menos conmigo, ganando la mayoría de las carreras ¿por qué hizo una excepción conmigo?
Y lo peor… tenía un año sin que me pasara esto pero de nuevo comencé a soñar y de esos sueños que no son pesadillas ni recuerdos vagos, de esos que recuerdas perfecto al despertar de un pequeño brinco en tu cama, de esos que te angustian, te calman… O te avisan.
[…]

viernes, 18 de noviembre de 2011

Horas proféticas [Capítulo II]

Horas Proféticas



[...] Esa noche no pude dormir, por algún extraño ataque de curiosidad deseaba de verdad conocer el rostro de aquél tipo y no exactamente para golpearlo sino para examinarlo, de verdad quería saber porqué tanto misterio con él.
En la escuela…
-          No puedo creer que un forastero te haya ganado hermano –me dijo sin tono de burla Servando.
-          Ya sé, no tienes idea de las ganas que tengo de verle el rostro.
-          Sí, claro, más bien golpear su rostro –se reía Carlos.
-          Pues resulta extraño pero no, sólo quiero saber quién es –les dije imaginándome mi expresión de pensamiento perdido.
-          Con suerte regrese este fin de semana –sugirió Servando.
-          Eso espero –contesté.
Ese día tenía una clase extra para subir puntos en algunas materias así que por desgracia tenía que quedarme después de clases.
Entré a la sala de estudios un poco tarde ya que por estar comiendo se me pasó la hora.
Cuando entré ya no había lugares vacíos, sólo uno, a lado de una chica que no conocía ni me parecía haberla visto antes y me senté a lado de ella.
Me pareció bonita pero no le presté mucha atención, el asesor dio instrucciones para que trabajáramos en parejas un proyecto que ayudara a la escuela, tendría que ver con al menos dos materias, el mejor sería premiado, nos darían tres semanas para realizarlo pero había que utilizar el tiempo de esa clase por parejas y a mí me tocaría la chica desconocida.
-          Hola, supongo trabajaremos juntos, soy Sarime –me saludó con cortesía.
-          Oh sí, yo soy Alonso, no recuerdo haberte visto.
-          Es cierto, soy nueva, llegué hace una semana y como tengo que ponerme al corriente en la escuela, necesito esta clase extra.
-          Pues, mucho gusto compañera, espero desarrollemos un buen proyecto –claro buscando siempre la manera educada de tratar a una mujer que conoces. Soy genial.
-          Sí, pero no nos conocemos, primero debemos abrir la mente para hacer un buen proyecto ¿no crees?
-          Tienes razón –intenté no mostrar mi perplejidad, la chica era muy directa y me gustaba incluso me atrevía a decir que su actitud era linda.
-          ¿Primero las damas?
-          Estás en lo correcto Sarime.
-          Bueno pues a mí me gusta la gente que toma riesgos para obtener las cosas, que nunca se rinde, tiendo a brindar mucho mi confianza, no soy difícil de entender, soy algo sensible y si hay algo que me apasiona son los misterios.
-          Genial –no sé si en ese momento no tenía nada que decir o realmente ésta palabra lo describía todo. Creía que esta chica tenía algo que la hacía… especial.
[...]

Horas proféticas [Capítulo I]

Horas proféticas


¿Qué tanto podía decir sobre mí? Bueno, pues soy un chico normal de sólo 17 años, ¡rayos!, quisiera ya ser mayor de edad, no hay muchas cosas que me gusten pero como dijeron por ahí; lo que me gusta me gusta, soy heterosexual, me gustan los carros, la comida, el alcohol (creo eso es normal, a casi todo el mundo le gusta aunque no lo acepte), las fiestas, un poco el futbol, ah y si había algo que no me gustaba era dormir...
Desde pequeño tuve problemas de sueño, ya fuera insomnio, somnolencia extrema, sonambulismo o terribles pesadillas por eso tomaba mucha coca-cola y dormía sólo cinco o seis horas máximo. A pesar de que fui sometido a infinidad de tratamientos ninguno hizo efecto, sólo un rato desaparecían los trastornos y finalmente regresaban, ni los doctores, mis padres o yo nos explicábamos el porqué, de todos modos ya había aprendido a vivir con ello. Ya no me importaba.
Iba a la prepa como casi todo joven, se podría decir que mi vida era divertida pero desde que mis padres me prohibieron seguir en los arrancones por chocar el carro no encontraba algo que lo reemplazara tal vez me urgía una novia. Claro, tenía varios prospectos pero ninguna terminaba de convencerme.
En la escuela…
-          Hey tú, Alonso –me llamaba el creído del salón, nunca me cayó bien el este tipo llamado Francisco, pero lo soportaba por llevar la paz –¿Vas hoy a los arrancones?
-          Amm, no –quería sonar desinteresado pero esas carreras de verdad me interesaban. Ni modo –Aún no termino de pagar el choque de la otra noche.
-          ¡Hermano! De eso no te preocupes, te presto el mío –decía sin arrepentimiento alguno lo cual me sorprendió.
-          ¿Hablas en serio?
-          No hablo por hablar, así que te veo a las nueve ya sabes donde.
Tal vez el tipo este me caía mal porque intentaba ser bueno con todos y yo era un chico malo, un malote. Claro ¡que genial!
A la siguiente clase ya me pude reunir con mis cuates Servando y Carlos, les platiqué de Francisco y también les sorprendió. Bueno, si fuera una trampa al menos estarían ellos presentes y me defenderían, supongo.
Fue algo difícil safarme de los cuestionamientos de mis padres pero finalmente fui a los arrancones, me la pasé muy bien corriendo con el Mustang de Francisco pero a la vez mal porque esa noche sucedió algo muy extraño, no pude ganar y de verdad que eso era raro, que llegara un anónimo a querer competir y que ganara en un sitio donde se me respetaba por mi velocidad, mis múltiples victorias, ¿quién era aquél tipo que me retaba por vez primera y ganaba tan fácilmente?
Terminó ganándome tres de tres y aunque todos pedíamos conocer su identidad él no mostró su rostro y simplemente se marchó.
[...]