martes, 10 de enero de 2012

Un romance de comedia y... Zombies




Ese pueblo donde yo vivía,  a pesar de todo, me gustaba. Era caluroso, casi a pleno desierto, con poca gente pero ahí estaba todo lo que quería: mi novio, mi familia, mi trabajo en la comisaría y mi tierra natal.
Ya cumplía un año con mi novio Federico.
-         Yo de verdad te amo Carolina.
-         Yo también amor mío.
-         Pero…
-         Pero, ¿pero qué? ¿Cortarás conmigo? De seguro tienes otra –¿por qué me hacía esto a mí? Aaah, estaba en drama total.
-         ¡Mujer! Sólo quiero informarte sobre algo.
-         Qué bueno, por poco te tiraba una cachetada.
-         Eso no hubiera sido posible con mis súper cachetes de hierro.
-         Sí… claro.
-         Ok lo que te iba a decir es que me iré a vivir a la ciudad y quiero que te vengas conmigo.
-         ¿A la ciudad? Pero…
-         ¿Pero qué? De seguro tu amante está aquí ¿verdad? ¿cómo pude confiar en ti?
-         ¡Hombre! Es que yo estoy muy encariñada con este pueblo, me sería difícil dejarlo.
-         Estarás mejor en la ciudad, conmigo.
-         ¿Tienes casa allá? ¿Trabajo?
-         Claro, por eso te lo pido.
-         De acuerdo.

Todo ese rollo de las despedidas fueron un tanto difíciles, me despedí de todo el pueblo pero los más complicados sin duda mis padres, ellos querían que hubiera casorio antes, ¿Qué yo me casara? Claro, risa mucha risa, ser esposa yo ni muerta.
Cuando toqué tierras citadinas todo parecía tan maravilloso en comparación a mi pequeño pueblo, hasta que Federico me dijo que estaba mirando un papel tapiz, ups que tonta, ya luego que logré ver el panorama real fue la misma reacción pasada.
Me llevó a una casa no tan grande pero bonita, esa sería donde viviríamos hasta que el cáncer o una mujerzuela nos separaran.
-         ¿De verdad no te casarías conmigo? –me preguntó con cierto toque de tristeza en su voz.
-         Pues ya estoy aquí viviendo contigo ¿qué más quieres?
-         Que nos casemos.
-         Bromeas.
-         No, pero si no quieres pues no –ahora si sonaba triste.
-         ¿Es en serio? Oye, perdóname.
-         Te engañé, jaja, ni yo me quiero casar.
-         Infeliz, te amo.
-         Te amo más –me dio un beso.
Con eso de la desempacada más el viaje larguísimo terminamos cansados y sólo caímos en la cama a dormir.

-         Bonita despierta –me movía suavemente mi novio.
-         No, dejadme dormir.
-         Es tarde, arriba.
-         Sólo diez minutitos más.
-         Ok, haré esto a la antigua –se alejó de la cama y abrió las cortinas haciendo un ruido espantoso con el cristal de la ventana, ¿a caso quería que me diera migraña?
-         Ah ok, ya me levanto –eran a penas las 12:00 p.m.
-         Exagerado, ni es tarde.
-         Anda hagamos el desayuno.
Preparamos hot cakes con huevos rancheros, así como se hacía en mi tierra, aunque esa ya estaba a varios kilómetros atrás.
-         Hoy estoy libre en el trabajo, vayamos de compras.
-         Ok, creo que aquí ya no hay mucha comida.
Ya en el centro comercial –por cierto grande –compramos muchas cosas y mientras esperaba el jamón y queso para unas ricas  deliciosas sincronizadas, a sólo $10, pásele, bara, bara, ok no. Estaba viendo las noticias en la televisión frente a la sección de carnes frías que informaban de una invasión a la ciudad de animales, me asusté porque la muchacha que cortaba mi jamón por estar embobada me había dado rebanadas enormes.
-         No tenga miedo, para eso existe control animal, al menos yo sí puedo controlarlos.
-         Yo no creo que sean animales.
-         ¿Sabe qué creo yo? Que rebanó mal mi jamón. Hágalo de nuevo –le ordené molesta.
-         ¿Pasa algo amor? –llegó mi Federico.
-         Nada corazón, sólo pequeños problemitas en corte.
-         ¿Qué?
-         Nada, está todo bien.
Regresamos a casa y algo noche después de un recorrido por la ciudad y justo cuando estábamos en plena pasión en la cama tocaron la puerta violentamente.
-         ¿Ah y ahora quién es? –preguntaba enojado mi Federico.
-         Debe ser alguien importante.
Fue a abrir y escuché desde la habitación “tienen que salir de aquí, refúgiense en sótanos o salgan de la ciudad, no es invasión animal sino zombie” ¿Qué? ¿Zombies en la ciudad?
Fede regresó algo alterado terminando de vestirse.
-         Carolina corremos peligro, vámonos.
-         Escuché lo que te dijo el cerdo ese.
-         ¿Cuál cerdo?
-         El oficial pues.
-         No, fíjate hasta eso, éste estaba flaco.
-         Qué raro.
-         ¿Eso qué? Vámonos.
Nos vestimos y salimos lo más armados posible, incluso con reservas de comida.
-         Dijo el policía que su encontrábamos uno debíamos golpear su cabeza antes de que nos mordiera o comiera nuestros sesos –me indicó.
-         Si nos muerde, ¿pasaríamos a ser un zombie?
-         Correcto –me decía mientras caminaba sigilosamente entre las calles ya solitarias conmigo de la mano
-         ¿Y sí come nuestros sesos? –cuando pregunté se detuvo.
-         Pues, ¿tú qué crees?
-         No sé, sólo quería que me besaras.
Mientras eso ocurría nos invadían los zombies justo detrás de nosotros.
Pegué un grito cuando apareció uno tras de mí.
-         ¡Federico golpéalo!  -le grité casi en shock.
-         Claro amor –él comenzó a golpearlo con un palo de bambú que llevábamos como arma.
Casi me duermo, el zombie ya estaba muerto y Federico lo seguía golpeando.
-         ¿Amor? –lo llamaba intentado detenerlo.
-         No me interrumpas, casi lo tengo.
-         Pero el ya está…
-         ¡No! Debe aprender a no interrumpir.
-         De acuerdo –seguí esperando resignada.
Después sentí una mano fría detrás de mí, ¿más zombies? No, no, esto ya me estaba enojando, primero nos interrumpen luego hacen que mi Federico se traume y para acabarla de amolar vienen a molestarme a mí. Malditos zombies.
Con mis armas que había preparado comencé  a golpear al que estaba detrás de mí y los que iban llegando, en la escena caían rodillazos, sartenazos, palazos y hasta mi preparación ninja que había aprendido en el pueblo –entra sonido de combate –a acabar con los zombies se ha dicho.
-         Amor que bien peleas –me decía Fede del cual ni me había dado cuenta cuando se unió a mi lucha.
-         Creí que nunca acabarías con aquél.
-         Finalmente lo aniquilé con mi puño de hierro.
-         ¿Ahora también tienes puño de hierro? ¿A caso eres iron man?
-         Sí –al decirlo sus ojos brillaban.
-         Espera –detuve la pelea –entonces ¿Yo quién soy?
-         Tú eres… ¿Iron girl?
-         Mmm no, el hierro, planchas y eso no me agradan, yo seré ninja girl –ahora imaginé que mis ojos eran los que brillaban.
-         Claro…
-         Unamos fuerzas
-         ¡Sí!
Todo se detuvo por unos segundos.
-         ¿Y ahora? –preguntó Federico.
-         ¡A patear traseros y cabezas zombies!
Seguimos combatiendo hasta matar unas veinte de esas creaturas.
-         Caro, ganamos –me decía mi Federico.
-         Si amor –le dije sarcástica.
-         ¿Qué?
-         No estoy ciega –le advertí.
-         Ok, sólo le daba énfasis al momento.
-         Deja de hacer tus “énfasis” y escapemos.
Llegamos a pleno centro de la ciudad que estaba ya completamente invadido de zombies, al menos yo no dudaba en seguir combatiendo.
-         Rodeemos el centro –me indicaba mi amor.
-         No seas cobarde, luchemos.
-         ¿Estás segura?
-         Claro, somos súper héroes.
-         Pues nadie nos espera.
-         Deja de ser pesimista.
-         De acuerdo.
Salvamos a unas cuantas personas que estaban a punto de ser mordidas, otras se nos unieron al combate, y yo me estaba dando cuenta de algo raro, muy raro, a plena lucha frente a frente entre humanos y zombies, entre la vida y la muerte prácticamente; me estaba dando hambre.
-         Federico –llamé a mi novio.
-         Estoy algo ocupado amor –peleaba entre dos zombies a la vez.
-         Es que es muy importante.
-         Ok, deja termino a estos dos.
-         No, ya hazme caso –cuando notó mi desesperación tipo berrinche intento alejarse de ellos.
-         ¿Qué pasa amor?
-         Hola –le hice cara angelical.
-         ¡Infeliz! Ya casi tenía a esos –se quería regresar a pelear.
-         Espera, eso no era, es que tengo hambre.
-         ¿Trajiste el jamón?
-         Oh cierto, el jamón, gracias amor.
-         ¿Gracias? Me hiciste perder mi triunfo doble, al menos págame.
-         ¿Quieres una rebanada de jamón?
-         Quería que dijeras un beso.
-         Oh –lo atraje hacía mí y lo besé.
Después que él ya regresaba al exterminio saqué tranquilamente mi jamón, comí un poco cuando noté que todos los zombies se alejaban, como huyendo de algo… ¡Claro! Eran alérgicos a los sonidos de las tripas de un humano hambriento. Ahora si podríamos acabar con ellos.
-         Caro, ¿viste eso?
-         Por supuesto.
-         Son alérgicos al hambre humana.
-         Lo mismo pensé, amor ya sabemos cómo destruirlos.
De pronto se nos acercó un sujeto que se había unido a la lucha después de que le salváramos sus sesos un momento antes.
-         ¿A caso bromean? –preguntó casi perplejo.
-         No, ahora si podemos acabar con ellos –le respondí feliz.
-         No son alérgicos al hambre humana, sino al jamón, si fuera al hambre ¿cómo sabrían quién la tiene?
-         Ya veo –contesté analizando la razón del sujeto.
-         Bien dicho genio –le dijo mi Federico –pero ¿cómo lo pruebas?
En eso una mujer se acercaba con claras intenciones de unirse a la conversación.
-         Desde que empecé a luchar tenía hambre y ningún zombie se alejó o se retorció.
-         Creo que tienen razón –contesté.
-         Buen punto –dijo Federico pero aun con un toque de duda.
-         ¿Qué más pruebas? Consigamos más jamón –decía el sujeto del principio.
-         No, esas no son pruebas suficientes –argumentó Federico.
-         Amor, yo creo que… -intenté hacerlo entrar en razón.
-         Puede ser algún compuesto del ambiente, que hace que el jamón…
-         Igual, está en el jamón –le argumentaba la mujer.
-         Oye viejo deja de hacerte el tonto –le advertía el sujeto del principio.
-         Sólo pienso en la infinidad de posibilidades que existen y ¿saben? Eso es bueno porque pienso en el bienestar de toda la sociedad de esta ciudad, porque hay que librarla de estas creaturas que…
Entre los que escuchábamos aquél vano argumento tomamos a uno de los zombies que intentaba escapar y le pusimos un jamón en a cara, éste se retorcía y comenzaba a quemarse. Al ver esto Federico se quedó sin palabras.
-         ¿Más pruebas amor? –le pregunté.
-         Ok, no más.
Corrimos al centro comercial pero estaba cerrado, pretendían entrar por las carnes frías.
-         Esperen –les dije a todos.
-         ¿Ahora qué? –preguntaba Fede sin darse cuenta que todos lo miraban ya que gracias a él se había perdido mucho.
-         ¿Robaremos?
-         No encontraremos nada abierto a estas alturas –dijo alguno de la tropa anti-zombie.
-         Sí pero eso no está bien.
-         Entonces, ¿está bien morir a causa de una invasión? –me preguntaba otro de la tropa.
-         No, pero debe haber otra manera.
-         Carolina, no hay otra –me aseguraba Federico.
-         Es que me siento mal haciendo esto –al momento de decir esto todos hicieron esa típica expresión de fastidio.
-         Entonces yo lo haré pero como no me ayudarás, tendrás que casarte conmigo –me amenazó mi novio.
-         Ah todo menos eso… ok te ayudaré.
Escuché un fuerte”por fin” de la tropa.
Sacamos todas las carnes frías con las que pudimos e incluso algunas las rebanamos.
Perseguimos a todos los zombies con que nos encontrábamos hasta el amanecer, hasta nos detuvimos un momento después en una solitario puesto de tacos a comer.
Pues como no, ya teníamos el hambre rezagada.
Precisamente en la taquería tenían un televisor donde los noticieros estaban informando que un grupo de súper héroes  habían exterminado un 98% de zombies con carnes frías, ponían videos y cosas así.
-         ¡Somos nosotros! –decía un miembro de la tropa señalando el televisor.
-         Siéntase orgullosos, somos héroes –los animaba Federico.
-         ¡Mi taquería se volverá famosa! –gritó uno de los taqueros y obvio todos lo voltearon   ver con seriedad.

Después de varios días algunos laboratorios lograron capturar al 2% de zombies que restaban y todos los súper héroes que salvamos la ciudad fuimos reconocidos por el gobierno, nos hicieron homenaje y toda la cosa.
La taquería se volvió famosa por haber atendido el hambre de los súper héroes, las carnes frías se volvieron e alimento principal de la ciudad y el centro comercial al que robamos se le entregó distintivo por mejor proveedor de armas para el bienestar de la ciudad. Ahora sí todo parecía perfecto.

-         Amor acabamos de vivir la aventura tal vez más apasionante de nuestras vidas además somos súper héroes –le decía a mi amado mientras mirábamos la luna en la azotea.
-         Sí, y no pudo haber sido mejor vivirla contigo, te amo.
-         Yo también te amo mi dueño.
-         Eres súper heroína, bella y mía.
-         Te amo mi iron man.
-         Yo más mi ninja girl –reímos al mismo tiempo.
-         ¿Te casas conmigo? –me preguntó.
-         Ya lo arruinaste –le informé, además de que pensaba irme pero me detuvo con un beso.
-         ¿Qué tanto importaría una boda si estamos juntos? No es necesaria.
-         ¿De verdad lo entiendes?
-         Sólo bromeo, sabes que yo tampoco me casaría, oye ¿tú crees que volvamos a pelear con cosas o creaturas extrañas?
-         Sí claro, ahora con extraterrestres ¿no?
-         Jaja, ¿Por qué no?
-         Tonto.
Nos besamos y de pronto mi amor se quejó.
-         ¿Qué pasa?
-         Me cayó una piedra –se tocó la cabeza y miramos hacia arriba donde se veía una gran areola de luces no comunes… ¿otra invasión?
Nos miramos unos segundos.
-         Oh, oh –fue lo último que dijo antes de soltar un pequeña risita, tomarme de la mano y correr juntos.

Fin.

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