miércoles, 30 de noviembre de 2011

Horas proféticas [Capítulo IV]

Horas proféticas


[…]
El sueño fue muy confuso pero las imágenes eran completamente nítidas en mi mente. No podía desaparecer los personajes de mis recuerdos, fue demasiado claro; una carrera inconclusa, una mujer a la que tomaba de la mano en la escuela y la cara aún desconocida del corredor anónimo.
Ni al lavarme la cara pude quitar los recuerdos de mi cabeza.
Algo me decía que no era un simple sueño, era algo que me estaba avisando del futuro y eso me traumaba, sí, tal vez dentro de poco estaría con Sarime pero la cara del tipo cada vez se hacía más oculta, lo que más me preocupaba: ¿Y ESO POR QUÉ DEMONIOS DEBE AFECTARME? ¿Por qué mi curiosidad había rebasado el límite? ¿Por qué? ¿Por qué me empeñaba en conocerlo? ¿Por qué sentía esa necesidad?
-          Alonso, estás muy pálido, ¿dormiste bien? –preguntaba mi madre mientras me examinaba.
-          Sí, es que me desperté con mucha hambre –mentí.
-          Deberías cenar algo diario –sugirió.
-          Oh sí, madre no te preocupes, lo haré.
-          Tienes razón, no queremos que puedan regresar tus problemas de sueño –comentó mi padre.
Supe que en ese instante seguramente hice una terrible mueca de decepción de la cual no se percataron.
En la escuela…
Ese día tuve todas las clases borrosas, la única que recuerdo bien es la extra donde estaba con Sarime y que terminando iríamos a su casa; eso cambió absolutamente todo.
-          Quiero que sepas… no estamos aquí para hacer el proyecto. Tengo uno ya listo y ese presentaremos, hoy sabrás algo mucho más interesante.
-          Sarime, pero, no entiendo, ¿Qué haremos entonces?
-          Te presentaré a mi madre, sólo tienes que escuchar.
-          Comienzo a asustarme…
-          Es mejor que no lo hagas, tienes que destruir tus miedos sobre todo si sueñas.
-          Creo que lo mejor es que yo… -me interrumpió y me llevó de la mano hasta la sala donde estaba su madre.
Algo no estaba bien, Sarime dijo que no debía tener miedo y menos si soñaba, ¿ella qué sabía de mis problemas de sueño? No entendía nada.
[…]

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